Nezahualcóyotl




De niño fue tocado por los dioses como señal de lo que su futuro encerraba; jugaba un día con otros niños y se resbaló a un río… los dioses lo salvaron y lo llevaron consigo al cerro de “las sutiles nieblas”.

Ahí le honraron untándole en todo el cuerpo sangre ofrecida a los dioses en sacrificio, algo de lo que sólo eran merecedores los sacerdotes. Después los mismos dioses lo devolvieron al río: el niño Nezahualcóyotl, “Coyote divino”, debía salir por su propio esfuerzo.

Desde su infancia recibió esmerada educación, tanto en sus años en el palacio paterno, como de sus maestros en el principal calmécac de Texcoco. Gracias a esto pudo adentrarse muy joven al conocimiento de las doctrinas y sabiduría heredadas por los toltecas.

Cuando tenía dieciséis años, vio el asesinato de su padre en manos de los guerreros de Tezozómoc, gobernante de Azcapotzalco, con la consiguiente ruina de Texcoco sometida al poder de la nación tepaneca.

La muerte de su padre fue el comienzo de una larga serie de desgracias, persecuciones y peligros que Nezahualcóyotl habría de sufrir junto con su pueblo.

Además de príncipe, guerrero y emperador, Nezahualcóyotl era un extraordinario poeta; desde su juventud tuvo ocasión de estar en contacto con otros poetas y sabios, como es el caso de Coyolchiuhqui , “el forjador de cascabeles”, uno de los hijos de Itzcóatl, quien le ayudó a escapar en el momento en que la gente de Azcapotzalco perpetraba la muerte de su padre.

Ganándose el aprecio de los señores vecinos a Texcoco, Nezahualcóyotl pudo emprender la tarea de liberar sus tierras y a su pueblo que había caído junto con su padre, pudiendo establecerse, con la ayuda de Tenochtitlán, en Texcoco recuperado definitivamente. Fue un largo reinado de más de cuarenta años de esplendor, época en que florecieron la cultura y las artes. Se edificaron palacios, templos, jardines botánicos y zoológicos.

También fue consejero de los reyes mexicas y, como arquitecto, diseñó y dirigió la construcción de calzadas, obras de introducción del agua a México, la edificación de los diques o albarradas para aislar las aguas saladas de los lagos, e impedir futuras inundaciones.

Sus palacios tenían salas dedicadas a la música y la poesía, en donde se reunían los sabios, los conocedores de los astros, los sacerdotes, los jueces y quienes se interesaran por lo más elevado de las creaciones dentro de ese nuevo florecimiento, cimentado en la tradición tolteca.

Como legislador, promulgó una serie de leyes, muchas de las cuales se conservan en antiguas transcripciones que dejan entrever su sabiduría y profundo sentido de la justicia. Es cierto que por su alianza con México – Tenochtitlán, hubo de participar en numerosas guerras y transigió en prácticas y ceremonias religiosas con las que en más de una ocasión manifestó su desacuerdo.

Pero en su vida personal se apartó del culto a los dioses, contrariamente a lo acostumbrado por la generalidad de esas culturas y se opuso, hasta donde le fue posible, al rito de los sacrificios humanos. Como testimonio visible del sesgo que había tomado su pensamiento, mandó construir frente al templo del dios Huitzilopochtli, otro templo, pero éste en honor de Tloque Nahuaque, “el dueño del cerca y del junto, el invisible como la noche e impalpable como el viento”, el mismo al que hace referencia constantemente en sus meditaciones y poemas.

Setenta años vivió el sabio señor de Texcoco. Presintiendo su muerte, días antes, reunió a los miembros del Consejo de Texcoco, y a los embajadores de México y Tlacopan, y al pequeño príncipe Nezahualpilli, de apenas siete años; delante de toda la nobleza allí reunida, tomó a Nezahualpilli entre sus brazos y lo cubrió con la vestimenta real que él llevaba puesta, diciendo: “Veis aquí a vuestro príncipe señor natural, aunque niño, es sabio y prudente, él os mantendrá en paz y justicia, y a quien obedeceréis como leales vasallos”. Después se despidió de todos sus hijos, de los cuales se dice, fueron sesenta varones y cincuenta y siete doncellas, haciendo un total de ciento diecisiete hijos.

Formalmente el heredero a la corona era el príncipe Tezauhpintzintli, pero a causa de intrigas de un hermano suyo, fue acusado de tener intenciones de levantarse en armas contra el rey, su padre. Fue juzgado, sentenciado a muerte y ejecutado por órdenes del propio rey.

Nezahualcóyotl, el poeta, tuvo ciertas obsesiones constantes en su poesía, como los es el tiempo o fugacidad de cuanto existe, la muerte inevitable, el más allá y el enigma del hombre frente al Creador.  

Fuente: Nélida Galván – Mitología Mexicana para niños.

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