El mundo de 1874 a 1914




¿Cómo resumir, en unos cuantos rasgos, lo que fue la economía mundial durante la era del imperialismo europeo?

En primer lugar, su base geográfica era mucho más amplia que antes. El sector industrial y en proceso de industrialización se amplió, en Europa mediante la revolución industrial que conocieron Rusia y otros países como Suecia y los Países Bajos, apenas afectados hasta entonces por ese proceso, y fuera de Europa por los acontecimientos que tenían lugar en Norteamérica y, en cierta medida, en Japón. El mercado internacional de materias primas se amplió extraordinariamente (entre 1880 y 1913 se triplicó el comercio internacional de esos productos), lo cual implicó también el desarrollo de las zonas dedicadas a su producción y su integración en el mercado mundial. Canadá se unió a los grandes productores de trigo del mundo a partir de 1900, pasando su cosecha de 1891 millones de toneladas anuales en el decenio de 1890 a los 7272 millones en 1910-1913. Argentina se convirtió en un gran exportador de trigo en la misma época, y cada año, contingentes de trabajadores italianos, apodados golondrinas, cruzaban en ambos sentidos los 16,000 kilómetros del Atlántico para recoger la cosecha. La economía de la era del imperio permitía cosas tales como que Bakú y la cuenca del Donetz se integraran en la geografía industrial, que Europa exportara productos y mujeres a ciudades de nueva creación como Johannesburgo y Buenos Aires y que se erigieran teatros de ópera sobre los huesos de indios enterrados en ciudades surgidas al socaire del auge del caucho, por la zona del Amazonas.

Como ya se ha señalado, la economía mundial era mucho más plural que antes. El Reino Unido dejó de ser el único país totalmente industrializado y la única economía industrial. Si consideramos en conjunto la producción industrial y minera (incluyendo la industria de la construcción) de las cuatro economías nacionales más importantes, en 1913 los Estados Unidos aportaban el 46% del total de la producción; Alemania, el 23,5%; el Reino Unido, el 19,5%; y Francia, el 11%. La era del imperio se caracterizó por la rivalidad entre los diferentes Estados. Además, las relaciones entre el mundo desarrollado y el sector subdesarrollado eran también muy variadas y complejas que en 1860, cuando la mitad de todas las exportaciones de África, Asia y Latinoamérica convergían en un solo país, Gran Bretaña. En 1900 ese porcentaje había disminuido hasta el 25% y las exportaciones del tercer mundo a otros países de la Europa occidental eran ya más importantes que las que confluían en el Reino Unido (el 31%). La era del imperio había dejado de ser monocéntrica.

Ese pluralismo creciente de la economía mundial quedó enmascarado hasta cierto punto por la dependencia que se mantuvo, e incluso se incrementó, de los servicios financieros, comerciales y navieros con respecto al Reino Unido. Por una parte, la City londinense era, más que nunca, el centro de las transacciones internacionales, de tal forma que sus servicios comerciales y financieros obtenían ingresos suficientes como para compensar el importante déficit en la balanza de artículos de consumo (137 millones de libras frente a 142 millones, en 1906-1910). Por otra parte, la enorme importancia de las inversiones británicas en el extranjero y su marina mercante reforzaban aún más la posición central del país en una economía mundial abocada en Londres y cuya base monetaria era la libra esterlina. En el mercado internacional de capitales, el Reino Unido conservaba un dominio abrumador. En 1914, Francia, Alemania, los Estados Unidos, Bélgica, los Países Bajos, Suiza y los demás países acumulaban, en conjunto, el 56% de las inversiones mundiales en ultramar, mientras que la participación del Reino Unido ascendía al 44%. En 1914, la flota británica de barcos de vapor era un 12% más numerosa que la flota de todos los países europeos juntos.

De hecho, ese pluralismo reforzó por el momento la posición central del Reino Unido. En efecto, conforme las nuevas economías en proceso de industrialización comenzaron a comprar mayor cantidad de materias primas en el mundo subdesarrollado, acumularon un déficit importante en su comercio con esa zona del mundo. Era el Reino Unido el país que restablecía el equilibrio global importando mayor cantidad de productos manufacturados de sus rivales, gracias también a sus exportaciones de productos industriales al mundo dependiente, pero, sobre todo, con sus ingentes ingresos invisibles, procedentes tanto de los servicios internacionales en el mundo de los negocios (banca, seguros, etc.) como de su condición de principal acreedor mundial debido a sus importantísimas inversiones en el extranjero. El relativo declive industrial del Reino Unido reforzó, pues, su posición financiera y su riqueza. Los intereses de la industria británica y de la City, compatibles hasta entonces, comenzaron a entrar en una fase de enfrentamiento.

La tercera característica de la economía mundial es, a primera vista, la más obvia: la revolución tecnológica. Como sabemos, fue en este período cuando se incorporaron a la vida moderna el teléfono y la telegrafía sin hilos, el fonógrafo y el cine, el automóvil y el aeroplano, y cuando se aplicaron a la vida doméstica la ciencia y la alta tecnología mediante artículos tales como la aspiradora (1908) y la aspirina (1899). Tampoco debemos olvidar la que fue una de las máquinas más extraordinarias inventadas en ese período, cuya contribución a la emancipación humana fue reconocida de forma inmediata: la modesta bicicleta. Para los contemporáneos, la gran innovación consistió en actualizar la primera revolución industrial mediante una serie de perfeccionamientos en la tecnología del vapor y del hierro por medio del acero y las turbinas. Es cierto que una serie de industrias revolucionarias desde el punto de vista tecnológico, basadas en la electricidad, la química y el motor de combustión, comenzaron a desempeñar un papel estelar, sobre todo en las nuevas economías dinámicas. Después de todo, Ford comenzó a fabricar su modelo T en 1907. Y sin embargo, por contemplar tan sólo lo que ocurrió en Europa, entre 1880 y 1913 se construyeron tantos kilómetros de vías férreas como en el período conocido como "la era del ferrocarril", 1850-1880. Francia, Alemania, Suiza, Suecia y los Países Bajos duplicaron la extensión de su tendido férreo durante esos años. El último triunfo de la industria británica, el virtual monopolio de la construcción de barcos, que el Reino Unido consolidó entre 1870 y 1913, se consiguió explotando los recursos de la evolución industrial.

La cuarta característica es una doble transformación en la estructura y modus operandi de la empresa capitalista. Por una parte, se produjo la concentración de capital, el crecimiento en escala que llevó a distinguir entre "empresa" y "gran empresa", el retroceso del mercado de libre competencia y todos los demás fenómenos que, hacia 1900, llevaron a los observadores a buscar etiquetas globales que permitieran definir lo que parecía una nueva fase de desarrollo económico. Por otra parte, se llevó a cabo el intento sistemático de racionalizar la producción y la gestión de la empresa, aplicando "métodos científicos" no sólo a la tecnología, sino a la organización y a los cálculos.

La quinta característica es que se produjo una extraordinaria transformación del mercado de los bienes de consumo: un cambio tanto cuantitativo como cualitativo. Con el incremento de la población, de la urbanización y de los ingresos reales, el mercado de masas, limitado hasta entonces a los productos alimenticios y al vestido, es decir, a los productos básicos de subsistencia, comenzó a dominar las industrias productoras de bienes de consumo. A largo plazo, este fenómeno fue más importante que el notable incremento del consumo en las clases ricas y acomodadas, cuyos esquemas de demanda no variaron sensiblemente. El automóvil comenzó a producirse, y al mismo tiempo, una tecnología revolucionaria y el imperialismo contribuyeron a la aparición de una serie de productos y servicios nuevos para el mercado de masas, desde las cocinas de gas que se multiplicaron en las cocinas de las familias de clase obrera durante este período, hasta la bicicleta, el cine y el modesto plátano, cuyo consumo era prácticamente inexistente antes de 1880. Una de las consecuencias más evidentes fue la creación de medios de comunicación de masas que, por primera vez, merecieron ese calificativo. Un periódico británico alcanzó una venta de un millón de ejemplares por primera vez en 1890, mientras que en Francia eso ocurría hacia 1900.

Todo ello implicó la transformación no sólo de la producción, mediante lo que comenzó a llamarse "producción masiva", sino también de la distribución, incluyendo la compra a crédito, fundamentalmente por medio de los plazos. Así, comenzó en el Reino Unido en 1884 la venta de té en paquetes de 100 gramos. Esta actividad permitiría hacer una gran fortuna a más de un magnate de los ultramarinos de los barrios obreros, en las grandes ciudades, como sir Thomas Lipton.

Esto encajaba perfectamente con la sexta característica de la economía: el importante crecimiento, tanto absoluto como relativo, del sector terciario de la economía, público y privado, el aumento de puestos de trabajo en las oficinas, tiendas y otros servicios. Consideremos únicamente el caso del Reino Unido, país que en el momento de su mayor apogeo dominaba la economía mundial con un porcentaje realmente ridículo de mano de obra dedicada a las tareas administrativas: en 1851 había 67,000 funcionarios públicos y 91,000 personas empleadas en actividades comerciales de una población ocupada total de unos nueve millones de personas. En 1881 eran ya 360,000 los empleados en el sector comercial (casi todos ellos del sexo masculino), aunque sólo 120,000 en el sector público. Pero en 1911 eran ya casi 900,000 las personas empleadas en el comercio, siendo el 17 % de ellas mujeres, y los puestos de trabajo del sector público se habían triplicado. El porcentaje de mano de obra que trabajaba en el sector del comercio se había quintuplicado desde 1851.

La última característica de la economía es la convergencia creciente entre la política y la economía, es decir, el papel cada vez más importante del Gobierno y del sector público, o lo que los ideólogos de tendencia liberal, como el abogado A. W. Dicey, consideraban como el amenazador avance del "colectivismo", a expensas de la tradicional empresa individual o voluntaria. De hecho, era uno de los síntomas del retroceso de la economía de mercado libre competitiva que había sido el ideal (y hasta cierto punto la realidad) del capitalismo de mediados de la centuria. Sea como fuere, a partir de 1875 comenzó a extenderse el escepticismo sobre la eficacia de la economía de mercado autónoma y autocorrectora, la famosa "mano oculta" de Adam Smith, sin ayuda de ningún tipo del Estado y de las autoridades públicas. La mano era cada vez más claramente visible.

Por una parte, la democratización de la política impulsó a los gobiernos, muchas veces renuentes, a aplicar políticas de reforma y bienestar social, así como a iniciar una acción política para la defensa de los intereses económicos de determinados grupos de votantes, como el proteccionismo y diferentes disposiciones (aunque menos eficaces) contra la concentración económica, caso de Estados Unidos y Alemania. Por otra parte, las rivalidades políticas entre los Estados y la competitividad económica entre grupos nacionales de empresarios convergieron contribuyendo tanto al imperialismo como a la génesis de la primera guerra mundial. Por cierto, también condujeron al desarrollo de industrias como la de armamento, en la que el papel del Gobierno era decisivo.

Sin embargo, mientras que el papel estratégico del sector público podía ser fundamental, su peso real en la economía siguió siendo modesto. A pesar de los cada vez más numerosos ejemplos que hablaban en sentido contrario (como la intervención del Gobierno británico en la industria petrolífera del Oriente Medio y su control de la nueva telegrafía sin hilos, ambos de significación militar, la voluntad del Gobierno alemán de nacionalizar sectores de su industria y, sobre todo, la política sistemática de industrialización iniciada por el Gobierno ruso en 1890), ni los gobiernos ni la opinión consideraban al sector público como otra cosa que un complemento secundario de la economía privada, aun admitiendo el desarrollo que alcanzó en Europa la administración pública (fundamentalmente local) en el sector de los servicios públicos. Los socialistas no compartían esa convicción de la supremacía del sector privado, aunque no se planteaban los problemas que podía suscitar una economía socializada. Podrían haber considerado esas iniciativas municipales como "socialismo municipal", pero lo cierto es que fueron realizadas en su mayor parte por unas autoridades que no tenían ni intenciones ni simpatías socialistas. Las economías modernas, controladas, organizadas y dominadas en gran medida por el Estado, fueron producto de la primera guerra mundial. Entre 1875 y 1914 tendieron, en todo caso, a disminuir las inversiones públicas en los productos nacionales en rápido crecimiento, y ello a pesar del importante incremento de los gastos como consecuencia de la preparación para la guerra.

Esta fue la forma en que creció y se transformó la economía del mundo "desarrollado". Pero lo que impresionó a los contemporáneos en el mundo "desarrollado" e industrial fue más que la evidente transformación de su economía, su éxito, aún más notorio. Sin duda, estaban viviendo una época floreciente. Incluso las masas trabajadoras se beneficiaron de esa expansión, cuando menos porque la economía industrial de 1875-1914 utilizaba una mano de obra muy numerosa y parecía ofrecer un número casi ilimitado de puestos de trabajo de escasa cualificación o de rápido aprendizaje para los hombres y mujeres que acudían a la ciudad y a la industria. Esto permitió a la masa de europeos que emigraron a los Estados Unidos integrarse en el mundo de la industria. Pero si la economía ofrecía puestos de trabajo, sólo aliviaba de forma modesta, y a veces mínima, la pobreza que la mayor parte de la clase obrera había creído que era su destino a lo largo de la historia. En la mitología retrospectiva de las clases obreras, los decenios anteriores a 1914 no figuran como una edad de oro, como ocurre en la de las clases pudientes, e incluso en la de las más modestas clases medias. Para éstas, la belle époque era el paraíso, que se perdería después de 1914. Para los hombres de negocios y para los gobiernos de después de la guerra, 1913 sería el punto de referencia permanente, al que aspiraban regresar desde una era de perturbaciones. En los años oscuros e inquietos de la posguerra, los momentos extraordinarios del último boom de antes de la guerra aparecían en retrospectiva como la "normalidad" radiante a la que aspiraban retornar. Como veremos, fueron las mismas tendencias de la economía de los años anteriores a 1914 y gracias a las cuales las clases medias vivieron una época dorada, las que llevaron a la guerra mundial, a la revolución y a la perturbación e impidieron el retorno al paraíso perdido.




Fuente: Francois Demarque – Europa a finales del Siglo XIX.

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